
– Sólo es una herida superficial. Hay hemorragia, pero no palpo ninguna bala -dijo tras un breve y tenso silencio. Consciente de que necesitarían más vendas de las de emergencia que había en el botiquín, Hayley señaló sus enaguas con un movimiento de cabeza.
– Córtelas en tiras, Grimsley.
Grimsley miró la prenda con los ojos entornados y dijo sofocado:
– ¡Pero son sus enaguas, señorita Hayley!
Hayley inspiró profundamente y contó mentalmente hasta cinco.
– Éstas son circunstancias extremas, Grimsley. Podemos prescindir de los formalismos. Estoy segura de que mi padre haría exactamente lo mismo si estuviera aquí.
A Winston parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas.
– ¡El capitán Albright jamás llevó enaguas! Si lo hubiera hecho, la tripulación le habría azotado. ¡Y le habrían tirado a los tiburones!
Hayley volvió a contar mentalmente, esta vez hasta diez.
– Me refiero a que mi padre habría prescindido de los formalismos en estas circunstancias. Habría hecho todo lo necesario para salvar a este hombre. -«Dios, dame paciencia. No me obligues a utilizar la fuerza con estos hombres que tanto aprecio, aunque a veces me saquen de quicio.»
Sin discutir más, Grimsley fue cortando la enagua en tiras y se las fue pasando a Winston, quien, a su vez, las iba mojando en agua y se las iba entregando a Hayley. Ella limpió la herida lo mejor que pudo y luego aplicó presión sobre ella utilizando las vendas limpias de la bolsa de provisiones. No podía apartar los ojos del rostro de aquel hombre. Temía que cada respiración pudiera ser la última. «No te mueras en mis brazos. Por favor. Déjame salvarte.» Cuando consiguió contener la hemorragia y el chorro de sangre se convirtió, por fin, en un goteo, le vendó el brazo.
Luego se centró en la raja de mal aspecto de la cabeza. Casi había dejado de sangrar. También se la vendó, tras limpiarle la suciedad. Después, le palpó el cuerpo con delicadeza en busca de posibles heridas. Él dejó escapar un grave quejido cuando ella le tocó el torso.
