De modo que, en vez de esperarles, se quitó las enaguas, rasgó una tira larga de tejido y la mojó en el frío riachuelo.

Con suma delicadeza, limpió el barro y la sangre del rostro del hombre. A pesar de la poca luz que había y de la suciedad que lo cubría, Hayley se dio cuenta de que aquel hombre era imponente. Lo cierto es que no tenía cara de bandolero.

– ¿Me puede oír, señor? -le preguntó mientras volvía a mojar la tela.

Él permaneció completamente inmóvil, pálido como la muerte bajo la capa de suciedad que cubría su rostro.

– ¿ Cómo está? -preguntó Winston cuando él y Grimsley llegaron hasta Hayley con el botiquín.

– Tiene una herida abierta en la cabeza y otra en la parte superior del brazo. Ambas le sangran profusamente y tienen mal aspecto. -Hayley se inclinó hacia delante y olfateó la chaqueta del herido, que estaba echa jirones-. Pólvora, han debido de dispararle.

A Grimsley se le abrieron los ojos como platos.

– ¿Le han disparado? -Miró inmediatamente alrededor, como si esperara que se materializara una banda de salteadores de caminos empuñando sus pistolas.

Hayley asintió.

– Sí. Afortunadamente las heridas parecen superficiales. Ayúdenme a sacarlo del agua. Tengan cuidado no vayamos a lastimarle todavía más. -Grimsley sostuvo la lamparita mientras Hayley y Winston cogían al hombre por las axilas y lo arrastraban fuera del riachuelo.

Hayley sacó unas tijeras del botiquín y cortó la chaqueta y la camisa del hombre para dejar la herida al descubierto. Mientras Grimsley sostenía la lamparita, ella examinó el brazo del herido. La sangre manaba profusamente de una raja de mal aspecto. Tenía la piel cubierta de tierra y suciedad y surcada por numerosos rasguños y rozaduras. Apretando los dientes, Hayley presionó la herida con los dedos y casi se desmaya del alivio.



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