– ¿Qué? Yo no veo nada, señorita Hayley.

– Eso es porque llevas las malditas gafas encima de la calva, en vez de en tu larga nariz -masculló Winston en tono despectivo-. Póntelas donde deben estar y verás bien, viejo estúpido y mezquino.

Grimsley se enderezó cuanto le permitían sus huesos, que amenazaban quebrarse.

– ¿A quién has llamado viejo estúpido?

– A ti. Y te he llamado viejo estúpido y mezquino. Por lo visto, aparte de viejo estúpido y mezquino, eres sordo.

– Bueno, es difícil oír nada sobre el fondo cacofónico de esa rueda que se supone que has reparado -contestó Grimsley levantando arrogantemente la nariz.

– Por lo menos yo la he reparado. -Winston le devolvió el golpe-. Y he hecho un trabajo condenadamente bueno. ¿Verdad, zeñorita Hayley?

Hayley se mordió la cara interna de una mejilla. Durante los tres años que el ex primer oficial de cubierta de su padre llevaba viviendo con los Albright, Hayley había intentado mejorar la forma de hablar del ex marinero, aunque no siempre con éxito.

– Ha hecho un buen trabajo reparando la rueda, Winston, pero ahora mire hacia aquellos árboles. -Volvió a señalar en la dirección de la sombra que se movía junto a la arboleda. Un escalofrío de pavor le recorrió la columna vertebral-. ¿Quién anda ahí? ¡Dios mío, ruego a Dios que no se trate de una banda de ladrones!

Hayley palpó disimuladamente la falda para asegurarse de que llevaba el ridículo bien sujeto y oculto entre los pliegues del tejido. «¡Santo Dios! Cuando pienso en los riesgos que he corrido, las mentiras que he tenido que decir para conseguir este dinero… No pienso entregárselo a ningún salteador.»

La invadió un profundo sentimiento de culpabilidad. Nadie, incluyendo a Grimsley y a Winston, tenía la menor idea del motivo de aquel viaje a Londres, y a ella le interesaba que las cosas siguieran así. Odiaba tener que mentir y sabía que los secretos llevaban a la falsedad, pero su familia necesitaba el dinero y ella era la única responsable de su seguridad.



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