Luchando contra el miedo, que iba en aumento, Hayley miró alrededor. Nada parecía fuera de lo corriente. La cálida brisa veraniega jugueteaba con su cabello, y ella se apartó de la cara varios rizos rebeldes. El penetrante olor a pino le hizo cosquillas en la nariz. Los grillos entonaban su ronca canción. Inspiró profundamente para calmarse, y casi se ahoga. La enorme sombra se separó de la arboleda y se les acercó.

Hayley se quedó helada. Su mente le decía: «no te dejes llevar por el pánico», pero su cuerpo se negaba a obedecer. «¿Dios, qué será de mi familia si muero en este camino oscuro y solitario? Tía Olivia a duras penas puede cuidar de sí misma, y mucho menos de mis cuatro hermanos pequeños. ¡Callie sólo tiene seis años! Y Nathan y Andrew también me necesitan, al igual que Pamela.»

La sombra se acercó más y el cuerpo entero de Hayley respiró aliviado. «Un caballo -se dijo-. No es más que un caballo.»

Winston le puso una mano en el hombro.

– No se preocupe, zeñorita Hayley. Si hay algún indeseable ahí fuera, no permitiré que le haga daño. Le prometí a su padre, que en paz descanse, que la protegería de todo mal y lo haré -añadió sacando pecho-. Si hay algún bandido ahí fuera, le romperé el escuálido cuello, le sacaré las tripas con mis propias manos y lo ataré con sus propias vísceras. Le…

Hayley interrumpió la macabra diatriba de Winston con una tos seca.

– Gracias, Winston, pero no creo que haga falta. De hecho, parece ser que nuestro «bandido» no es más que un caballo sin jinete.

Grimsley se rascó la cabeza y se dio cuenta de que llevaba las gafas encima de la calva. Colocándoselas sobre el puente de la nariz, volvió a mirar hacia la oscuridad.

– ¡Vaya! Ahí hay un caballo, parado en medio del camino. ¡Qué raro!

– Lo acaba de decir la zeñorita Hayley, cretino -espetó Winston-. Aunque, la verdad, me sorprende que lo hayas visto antes de que te muerda en ese culo tan huesudo que tienes.



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