
Más que generosos, pensó Liz. Había oído historias maravillosas sobre aquella familia. Y teniendo en cuenta que David era estupendo, suponía que las historias eran verdaderas.
– Supongo que no te acompañará ninguna señora Logan a Rusia… -preguntó ella.
– No. Mi madre se va a quedar en casa, aunque me ha cosido el nombre en los cuellos de las camisas.
Ella sonrió.
– Ya sabes a lo que me refiero.
– No estoy casado, Liz. Si lo estuviera, no habría venido a comer aquí contigo.
– Me alegro. Yo tampoco estoy casada. Aunque hay dos enormes ex jugadores de fútbol esperándome en el apartamento.
Él se quedó boquiabierto.
– Estás bromeando.
– No, pero no te preocupes. Son compañeros de piso.
– ¿Por qué me parece que eso es una mentira?
– No tengo ni idea. Te estoy diciendo la verdad. Sólo tienen ojos el uno para el otro.
– Me quedan ocho horas hasta que salga el vuelo -le dijo David, después de una larga comida-. ¿Quieres acompañarme en lo que me queda de día en suelo americano?
Liz sabía que tenía mil cosas que hacer, pero en aquel momento no se le ocurría ninguna.
– Claro, pero… ¿y tu familia? ¿No tienes que despedirte de ellos?
– Lo hice anoche. Hubo una gran fiesta -dijo él. Se levantó de la mesa y le tendió la mano-. Ojalá hubieras estado.
– Ojalá.
Liz se puso de pie y le dio la mano. Sus dedos se entrelazaron.
Entonces, ella sintió un intenso calor chisporroteando entre ellos y un cosquilleo en la piel. Claramente, aquél era un momento muy poco oportuno para experimentar aquellas sensaciones.
Dieron un paseo por la orilla del río, hasta que un viento frío los obligó a meterse en una cafetería. El tiempo se les escapaba entre las manos y no podían dejar de hablar.
– Todo el mundo intenta convencerme de que no me dedique a esto profesionalmente -le dijo Liz mientras se encogía de hombros-. Salvo Nana, pero ella creía que yo era capaz de conseguir cualquier cosa. Si no hubiera conseguido la beca antes de licenciarme, no sé si habría tenido el valor de intentar dedicarme al arte -de repente, se rió-. El arte. Eso suena muy pretencioso. Me siento como si debiera ponerme jerséis negros de cuello vuelto y hablar de la ceguera de las masas.
