– ¿Has estado allí? -le preguntó él.

– No. Hablamos de ir, pero Nana, mi abuela, no tenía muy buena salud. Además, no teníamos mucho dinero.

– Debe de estar muy orgullosa de ti.

– Lo estaba -respondió Liz-. Murió hace tres años.

– Lo siento.

Las palabras de David fueron sencillas, una cortesía de esperar, pero las dijo como si de verdad lo sintiera. Como si entendiera aquella pérdida.

– Gracias -dijo ella y lo miró-. Bueno, ¿y cuál es exactamente ese trabajo no deseado que vas a hacer para el Departamento de Estado? ¿No será llevar paquetes de un lado a otro de la frontera y cosas así?

– Lo siento, no. Pero seguramente, podré conseguirte un anillo decodificador.

Liz se rió.

– Eso me gustaría. ¡Oh y quizá un poco de tinta invisible!

– Miraré en el armario de suministros, a ver qué consigo.

– ¿Cuánto tiempo vas a estar en Europa? -le preguntó Liz.

– Puede que mucho. Al menos, en Moscú estaré tres años.

Liz sintió una punzada en el estómago. ¿Pena? Quizá. Le gustaba mucho David, más de lo que le había gustado ningún hombre desde hacía mucho tiempo.

– ¿Y qué dice tu familia al respecto?

– Tengo cuatro hermanos, así que mis padres están acostumbrados a que sus hijos hagan su vida. Además, son estupendos. Quieren que sea feliz.

Nana también habría querido eso para ella, pensó Liz con cariño. Felicidad y muchos bebés. Para su abuela, aquello iba ligado. Desgraciadamente, Nana sólo había tenido un hijo y aquel hijo sólo había tenido una hija.

El camarero apareció con la comida. Después, cuando se marchó, Liz tomó la cuchara y miró a David.

– Logan, ¿eh? ¿Es esa familia rica, relacionada con la industria informática, que dona millones a Children's Connection?

David suspiró.

– Creo que es muy importante dar -dijo, sonriendo-. Al menos, cuando yo haga mi fortuna. Por el momento, los generosos son mis padres.



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