
Él se rió.
– Mi madre está bien. Muy ocupada con sus proyectos benéficos. Me acordaré de decirle que has preguntado por ella. Estuvo aquí hace unas semanas. Mis padres me visitan un par de veces al año. Hacía mucho frío y llovió durante su visita, pero tú has venido en una buena época.
El tiempo de Moscú parecía un tema seguro.
– Me alegro. Espero tener tiempo de ver unas cuantas cosas mientras estoy aquí.
– ¿Estás buscando un guía?
– Quizá. ¿Conoces a alguien?
– A un tipo estupendo.
– ¿Habla ruso e inglés? -le preguntó ella.
– ¡Oh, claro que sí! Y también chapurrea alemán y podría deslumbrarte en francés.
– No es fácil deslumbrarme.
– Pues él está a la altura de la tarea.
– ¿De veras?
– Te lo prometo.
Estaban hablando de algo más que de una excursión de la ciudad, pensó Liz, con excitación y nerviosismo.
– Quizá pudieras darme su número de teléfono.
– Creo que te lo voy a presentar yo mismo. Así todo será mucho más personal. ¿Cuánto tiempo tienes para conocer la ciudad?
Liz tomó un sorbo de champán y se dio cuenta de que David no tenía ni idea del motivo por el que ella estaba en Moscú. ¿Cambiaría las cosas aquella información? Una pregunta tonta. Claro que sí.
– Tengo un par de días antes de que las cosas se compliquen -respondió-. No he venido de vacaciones. Estoy con el grupo de Children's Connection.Voy a adoptar a una niña.
La expresión de David no cambió, ni su lenguaje corporal y aquellas señales le dieron a entender a Liz que no debería jugar nunca al póquer con él.
– ¿No trabajabas para ellos cuando nos conocimos? -le preguntó David.
– Sí. Les hice los dibujos para su folleto.
– Y ahora vas a adoptar a una niña con su ayuda. Mi familia apoya lo que hacen. Ésa es la razón por la que mis padres vinieron. Bueno y también a visitarme.
– Qué irónico que nos conociéramos por Children's Connection y ahora nos hayamos reencontrado por ellos.
