
– ¿Una canción sobre qué? -le preguntó Liz, distraídamente.
– Sobre unas buenas manos. Si vas a buscarte un hombre, consíguete uno bueno. Asegúrate de que sabe lo que hace.
Liz miró a la adolescente. Era una muchacha alta y delgada.
– Estoy hablando de trabajo.
– Yo no.
– Tú nunca lo haces -dijo Liz, mientras continuaba observando el boceto. Después, sacudió la cabeza-.Ya puedes dejarla en el cochecito. Hemos terminado.
– Claro, jefa -respondió la muchacha. Con cuidado, posó al bebé dormido en el cochecito y le acarició delicadamente la mejilla-. Gracias por el buen rato, pequeñina -dijo. Después, miró a Liz-. ¿De verdad has terminado conmigo?
– Sí. No te preocupes, le explicaré a la persona de contacto de la agencia que he cambiado de opinión con respecto al encargo y que no ha sido porque tú no funcionaras.
– Te lo agradezco.
Marguerite recogió el bolso y salió de la habitación. Liz se acercó al cochecito y se quedó mirando fijamente a la niña. Los diminutos rasgos del bebé la conmovieron.
– No me importaría llevarte a casa conmigo, preciosa -murmuró-. Qué pena que esto sólo sea trabajo.
Después de llevar al bebé a la guardería, Liz se paseó por los pasillos de Children's Connection, la organización sin ánimo de lucro de fertilidad y adopción que la había contratado para que les hiciera un nuevo folleto. Ella había ido a la caza de hombres más veces, pero nunca en relación a su trabajo.
– Deberían pagarme un extra por peligrosidad laboral -murmuró mientras doblaba una esquina y comenzaba a mirar por las oficinas.
Había nueve mujeres, tres hombres de más de cincuenta años y un chico fornido que no tenía más de treinta. Pero no había ningún individuo fuerte y masculino con unas manos maravillosas. La visión de Liz para el folleto estaba clara: la imagen de alguien sosteniendo a un bebé. Al principio, había pensado que aquel alguien fuera una mujer, pero había cambiado de opinión.
