Se dirigió hacia la salida. Quizá el Hospital General de Portland, que era el edificio contiguo, pudiera ser una fuente mejor. Si tenía suerte, encontraría a un médico o algún residente que se apiadara de ella y el bebé siguiera durmiendo apaciblemente. Si pudiera…

Un hombre llegó a la puerta principal al mismo tiempo que ella. Él abrió la puerta y esperó cortesmente a que Liz pasara primero. Liz se detuvo en seco al ver sus manos. Tenía los dedos fuertes y las palmas anchas. Aquellas manos tenían aspecto de ser algo más que hábiles: transmitían confianza. Ella las veía acunando al bebé, dándole refugio y seguridad. Eran el lugar de descanso perfecto para un niño cansado y confiado.

– ¿Has cambiado de opinión? -preguntó el hombre.

– ¿Eh? -Liz lo miró, parpadeando y entonces se dio cuenta de que el hombre continuaba sujetando la puerta para que ella pasara. ¿Se estaba marchando?

– ¡Espera! No puedes irte -sin pensarlo, lo agarró por la manga de la chaqueta-. ¿Te marchas? ¿No podrías esperar unos minutos? Bueno, en realidad sería casi una hora, pero no más. El bebé se despertará después. Pero tengo una hora, si tú puedes.

Mientras hablaba, alzó la mirada desde las manos del hombre hasta su rostro. Era joven; tendría unos veinticinco años. Guapo. Seguro de sí mismo. Interesante. La estaba mirando fijamente. Tenía los ojos marrones y sus labios, sensuales y firmes, estaban ligeramente curvados en las comisuras.

– ¿Qué? -le preguntó Liz, consciente de que era posible que lo que había dicho no tuviera mucho sentido.

– Me estoy debatiendo entre trastornada y encantadora -respondió él.

Ella le soltó la manga.

– Te sugiero encantadora. Es más halagador y exacto. De vez en cuando soy muy temperamental, pero casi nunca loca. Deberías hacerme caso.



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