– Está bien -respondió él. Soltó la puerta y dio un paso atrás.

Mientras él se metía las manos en los bolsillos delanteros del pantalón vaquero, Liz se dio cuenta de que entre ellos estaba chisporroteando una sutil tensión. Sin embargo, aquello no le sorprendió. Los hombres morenos con los hombros anchos eran su tipo.

– Elizabeth Duncan -dijo ella y le tendió la mano-. Liz. Soy ilustradora comercial. Children's Connection me ha contratado para que haga el trabajo artístico de su nuevo folleto. Si mi diseño les gusta, lo usarán también para el membrete de las cartas y el material publicitario.

– David Logan -respondió él y su mano envolvió la de Liz-. Hago unos garabatos que te pondrían verde de envidia.

Ella se rió, pero supo que no podía permitir que la distrajeran su sonrisa ligeramente picara y la manera en que el calor de sus dedos hacía que quisiera ronronear. Tenía un horario y no sólo por los plazos de entrega de su trabajo, sino porque el otro modelo, la pequeña, no iba a estar dormida para siempre.

– Bueno, pues el asunto es el siguiente -dijo-: Han aprobado mi idea para el folleto, que es la imagen de una mujer con un bebé dormido en brazos. El dibujo se centra en el bebé, así que sólo se verán las manos y los antebrazos. Sin embargo, cuando comencé a hacer el bosquejo… algo no encajaba -le explicó, intentando parecer lo más inocente posible, añadió-: Necesito a un hombre.

Él arqueó una ceja.

– Evidentemente.

– Lo digo en serio. Tú tienes unas manos estupendas. La niña está dormida, así que lo único que tienes que hacer es sostenerla. Sólo será una hora de tu vida y piénsalo, si a la gente le gusta mi diseño, tus manos se harán famosas. Eso sería una ayuda con las mujeres.

Él se rió suavemente.

– ¿Y por qué piensas que necesito ayuda?

Liz tuvo la sensación de que no la necesitaba en absoluto.

– Está bien, de acuerdo.Tal vez no la necesites.



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