
– ¡Qué consuelo!
Después de que ella lo hubiera toqueteado unos minutos, subiéndole y bajándole las mangas de la camisa, volvió a colocarlo y tomó su carpeta de dibujo.
– Quédate tan quieto como puedas -le dijo, mientras comenzaba a dibujar-. Respira profundamente para relajarte. No pienses en mí ni en el dibujo, piensa sólo en la niña que tienes en brazos. Es muy pequeña y tú eres la única persona de la que puede depender en el mundo.
David miró a la niña. Él nunca había pensado demasiado en los niños y no se sentía cómodo con aquel bebé entre los brazos. ¿La única persona de la que podía depender era él?
– Pequeña, tienes problemas -murmuró.
Liz se rió.
– No es cierto, David. Serás un padre estupendo. Imagínate que ha crecido un poco. Tiene tres o cuatro años. Tú llegas del trabajo y ella corre hacia ti. Se le ilumina la cara de amor y alegría. Su papá está en casa.
Su voz y sus palabras crearon una poderosa imagen. David casi podía ver a la niñita corriendo hacia él.
– Tiene siete años -continuó Liz, en voz baja-. Le estás enseñando a lanzar una buena bola. Es tu hija y no quieres que lance como una nena.
Él sonrió.
– ¿Y si soy yo el que lanzo como una nena?
– ¡Oh, claro! Eso sí que es probable.
Él contempló a la niña.Tenía la piel suave y pálida y la boquita era un capullo de rosa perfecto. Tenía algunos mechones de pelo por la frente. David se preguntó cómo y por qué había ido a parar a Children's Connection. ¿La adoptaría alguien? ¿Sería la hija de algún empleado?
– Tiene doce años -continuó Liz-. Es alta y larguirucha y muy tímida. Tú te das cuenta de lo guapa que va a ser, pero los demás no. Los chicos se burlan de ella y vuelve a casa llorando. Necesita que la consueles y cuando le das un abrazo, ella se siente pequeña, como si las palabras maliciosas pudieran romperla. Y tú harías cualquier cosa por protegerla.
