David se puso tenso, como si realmente tuviera que defender a una niña casi adolescente. Como si aquella niña fuera suya.

– ¿Por qué me cuentas estas historias? -le preguntó.

– Después contestaré a tus preguntas. Ahora sólo sigúeme el juego, ¿de acuerdo?

– Claro. Estoy a punto de encontrar a esos niños y sacudirles.

– Eso me gusta en un padre. Ahora tiene dieciséis años y va a ir a su primer baile de la escuela. Es tan guapa como tú pensabas que sería. Pero está creciendo y se está alejando poco a poco y aunque pensando con la cabeza fría sabes que siempre será tu hija, en el corazón sientes que todo se va haciendo distinto.

Sin pensarlo, David agarró al bebé con más fuerza. No podía crecer tan rápidamente. No…

– Bueno ya está -dijo Liz, en tono de triunfo y también ligeramente sorprendida-. Ha sido muy rápido, incluso para mí. Supongo que yo también me he dejado llevar por la historia. Ya puedes relajarte.

Por primera vez, David se dio cuenta de que tenía los músculos agarrotados de permanecer inmóvil. Se puso al bebé contra el pecho y movió el brazo bajo ella.

– Dámela -dijo Liz, mientras posaba el bosquejo en la mesa y alargaba los brazos.

David se la entregó y miró el dibujo.

– Es asombroso -comentó con sinceridad, contemplando la imagen.

Era exactamente lo que ella había descrito: las manos de un hombre sosteniendo a un bebé. Sencillo, pero intenso. Había poder en aquel dibujo. Las manos del hombre, sus propias manos, sujetaban al bebé de una manera que transmitía la protección y el amor. Aquél no era un padre que permitiría que se le hiciera daño a su hija.

– ¿Cómo lo has hecho? -le preguntó. ¿Sería la curvatura de sus dedos, o las sombras? Él nunca había tenido un bebé en brazos. Y basándose en aquel bosquejo, uno podría pensar que lo había hecho durante años.

– Primero dibujé al bebé -respondió Liz, mientras acostaba a la niña en el cochecito-.



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