– La policía busca a Raymond -dijo.

– ¿Por qué? -le pregunté.

– Asesinato.

– ¿Asesinato?

– Un idiota que se llama Pericles Tarr ha desaparecido, y la policía viene aquí todos los días preguntándome qué sé yo de todo eso. Si no fuera por Pete, creo que me llevarían a rastras a la cárcel sólo por estar casada con Ray.

Nada de todo aquello me sorprendía. Raymond llevaba una vida criminal. El diminuto asesino estaba relacionado con toda una red de atracadores que operaban de costa a costa y más allá incluso, por lo que yo sabía. Pero la verdad es que no me lo imaginaba implicado en delitos de poca monta. Y no es que el Ratón no hubiese ido más allá del crimen, más bien al contrario, pero en los últimos años se le había enfriado algo la sangre y raramente perdía los nervios. Si hubiese tenido que matar a alguien en la actualidad, habría sido en lo más profundo de la noche, sin dejar testigos ni pistas que le incriminasen.

– ¿Dónde está el Ratón? -le pregunté.

– Eso es lo que tengo que averiguar -dijo Etta-. Desapareció el día antes que ese hombre, Tarr. Y ahora él no está, y los tipos estos de la ley me van detrás.

– ¿Así que quieres que yo lo encuentre? -le pregunté, lamentando haber llamado.

– Sí.

– ¿Y luego qué hago?

– Estoy preocupada, Easy -dijo Etta-. Estos polis hablan en serio. Quieren meter a mi chico en la cárcel.

Hacía muchos años que no oía a Etta llamar «chico» a Ray.

– Vale -dije-. Lo encontraré, y haré lo que tenga que hacer para asegurarme de que está bien.

– Sé que no es gratis, Easy -me dijo entonces Etta-. Te pagaré.

– Bien. ¿Sabes algo de ese Tarr?

– No demasiado. Está casado y tiene la casa llena de críos.

– ¿Y dónde vive?

– En la calle Sesenta y tres -me recitó la dirección y yo la apunté, pensando que había encontrado más problemas en un solo día que la mayoría de los hombres en una década.



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