
Había llamado al Ratón porque él y Navidad Black eran amigos. Esperaba encontrar ayuda, no prestarla. Pero cuando se vive entre hombres y mujeres desesperados, cualquier puerta que se abre puede tener el nombre de «Pandora» escrito en el otro lado.
3
No había bebido ni una sola gota de alcohol desde hacía años, pero desde que Bonnie me había dejado, pensaba en el bourbon todos los días. Estaba sentado en el salón frente al televisor apagado pensando en la bebida cuando sonó el teléfono.
Otro síntoma de mi soledad era que mi corazón se encogía de miedo cada vez que alguien llamaba al teléfono o a la puerta. Sabía que no sería ella. Lo sabía, pero aun así, seguía preocupándome qué podría decirle.
– ¿Diga?
– ¿Señor Rawlins? -preguntó una voz de chica.
– ¿Sí?
– ¿Le pasa algo? Suena raro.
– ¿Quién es?
– Chevette.
No había pasado un día completo desde que casi mato a un hombre por aquella mujer-niña, y tuve que buscar su nombre en mi memoria.
– Ah, hola. ¿Pasa algo? ¿El cerdo ese te está molestando?
– No -respondió-. Mi papá me ha dicho que le llame y le dé las gracias. De todos modos lo habría hecho. Dice que nos vamos a Filadelfia, a vivir con mi tío. Dice que podemos empezar de nuevo allí.
– Me parece una idea estupenda -dije, con un entusiasmo muy mal fingido.
Chevette suspiró. Me perdí en ese suspiro.
Chevette me veía como su salvador. Primero la había alejado de su chulo, y después le había permitido ver a su padre de una manera que él nunca le había revelado antes. Intenté imaginar cómo podía verme a mí aquella niña: como un héroe lleno de poder y certeza. Habría dado cualquier cosa por ser el hombre a quien ella había llamado.
– Si tienes algún problema dímelo -dijo aquel hombre a Chevette.
