
La puerta de entrada se abrió y entró Jesus con Benita Flagg y Essie.
– Vale, señor Rawlins -dijo Chevette-. Mi papá quería saludarle.
Yo saludé con la mano a mi pequeña y rota familia.
– ¿Señor Rawlins?
– Hola, Martel. La chica parece que está bien.
– Nos vamos a Pennsylvania -dijo él-. Mi hermano dice que hay buen trabajo en los depósitos del ferrocarril que hay por allí.
– Me parece estupendo. A Chevette le iría bien empezar de nuevo, y quizás usted y su mujer podrían intentarlo también.
– Sí, sí -dijo Martel, haciendo tiempo.
– ¿Hay algo más? -le pregunté.
Entonces Essie se echó a llorar.
– Usted… ejem, usted dijo que… que los trescientos dólares eran por la semana que iba a pasar buscando a Chevy.
– ¿Sí? -Di un tono interrogativo a mi voz, pero sabía lo que iba a decir a continuación.
– Bueno, sólo le ha costado un día, ni siquiera eso.
– ¿Y qué?
– Supongo que son cincuenta dólares al día, sin contar el domingo -explicó Martel-. Podría usted aceptar otro trabajo para compensar la diferencia.
– ¿Sigue ahí Chevette? -pregunté.
– Sí. ¿Por qué?
– Le diré por qué, Martel. Le daré doscientos cincuenta dólares si Chevy viene a pasar los próximos cinco días conmigo.
– ¿Cómo dice?
Entonces colgué. Martel no podía evitarlo. Era un trabajador, y seguía la lógica del salario, que tenía incrustada en el alma. Yo había salvado a su hija de una vida de prostitución, pero eso no significaba que me hubiese ganado los trescientos dólares. Se iría a la tumba pensando que yo le había engañado.
– Eh, chico -dije a mi hijo.
– Papá.
Me abrazó y yo le besé la frente. Llegó Benita y también me dio un beso en la mejilla, mientras Essie lloriqueaba en sus brazos.
Yo cogí a la niñita en mis brazos y le di vueltas en círculo. Ella me miró a la cara, maravillada, alargó la manita hacia mi áspera mejilla y sonrió.
