
Tardamos cuarenta y siete minutos en preparar la comida hasta que ésta llegó a la mesa. Mientras se enfriaba el pastel en el fregadero, Feather y Amanecer de Pascua me ayudaron a servir la comida.
La cena fue muy bulliciosa. De vez en cuando Pascua se ponía un poco triste, pero Jesus, que estaba sentado junto a ella, hacía bromas y le contaba chistes que la hacían sonreír.
Todo el mundo menos yo estaba en la cama a las nueve.
Me senté frente al televisor apagado pensando en el whisky y en lo delicioso que era. Al cabo de un rato tuve que pensar en la pequeña vietnamita que había sido rescatada de su pueblo destruido, y cuyos padres (y todos sus parientes, y todas las personas a las que conocía) habían muerto a manos del hombre que la había adoptado, Navidad Black.
Su patriotismo de soldado profesional se enfrió al darse cuenta de lo que le había costado la guerra norteamericana. Era un asesino igual que el Ratón, pero Navidad era también un hombre de honor, y eso lo hacía mucho más peligroso e impredecible que el asesino amigo de mi juventud.
Si Navidad había dejado a Pascua conmigo es que debía de haber guerra en algún sitio. Quería que yo cuidase a su pequeña, pero él no era mi cliente. Pascua me había pedido que le asegurase que su padre estaba bien. La única forma que tenía de hacer tal cosa era salir y buscarle.
Y después, o más bien al mismo tiempo, tendría que buscar al Ratón y ver qué había de cierto en aquellas acusaciones de asesinato. Raymond había pasado ya cinco años a la sombra por homicidio y decía que nunca jamás volvería a la cárcel. Eso significaba que si los policías lo encontraban antes que yo, un buen número de ellos acabarían muertos con toda probabilidad. Aunque Etta no me hubiese contratado, igualmente habría tratado de salvar las vidas que el Ratón arrebataría: era uno de los deberes que yo mismo me había impuesto en la vida.
