
4
Un sonido me sacó de pronto de un sueño profundo. Era muy tarde. Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue al perrito amarillo que me miraba entre las cortinas que cubrían la ventana de delante. No estaba muy seguro de si el teléfono había sonado, pero entonces volvió a sonar. Había un supletorio en mi habitación y me preocupaba que el bebé se despertara, así que respondí rápidamente, pensando que sería Navidad, o el Ratón, que llamaba desde alguna arriesgada situación en la calle.
– ¿Sí? -dije con voz ronca.
– ¿Easy?
La habitación desapareció un momento. Yo flotaba, caía en la oscuridad de la noche.
– ¿Bonnie?
– Lo siento, me parece que es muy tarde -dijo, con aquel acento suyo isleño tan dulce-. Puedo llamarte mañana… ¿Easy?
– Sí. Hola, cariño. Ha pasado mucho tiempo.
– Casi un año.
– Me alegro mucho de oírte, de oír tu voz -dije-. ¿Cómo estás?
– Bien. -Su tono era reservado.
«Claro -pensé yo-. Se arriesga mucho al llamarme. La última vez que hablamos yo la eché de mi casa.»
– Estaba aquí sentado delante de la tele -le dije-. Jesus y Benita duermen en mi cama. También está aquí Amanecer de Pascua. Tú no la conoces; es la hija de un amigo mío.
Bonnie no respondió a todo aquello. Recuerdo que pensé que probablemente Feather le había hablado a Bonnie de Amanecer de Pascua. Ella y Navidad nos habían visitado unas cuantas veces. El ex soldado pensaba que su niña necesitaba amigas, y como la pequeña estudiaba en casa, le preocupaba que tuviera una influencia excesiva de él, que era un hombre.
– Es curioso que me llames -dije, con la voz y la animación de un hombre totalmente extraño a mí-. He estado pensando en ti. No todo el tiempo, claro, quiero decir que he pensado en lo que pasó…
