La residencia de los Black era algo completamente distinto. Navidad tenía una escoba muy tiesa apoyada en la pared, como un soldado en posición de firmes. También había una mopa en un cubo de plástico color verde lima que exhalaba un olor a limpieza absoluta. El suelo de cemento ante la entrada estaba bien fregado, y la puerta blanca, recién pintada. Sonreí por primera vez aquella mañana al pensar cómo daban forma Navidad y Pascua al mundo a su alrededor, de una manera tan cierta como las vacaciones a las que debían sus nombres.

Llamé a la puerta y esperé y luego volví a llamar. Uno no entra sin avisar en la casa de Navidad Black.

Al cabo de unos cuantos intentos más, probé a abrir el picaporte. Cedió con facilidad. El apartamento tipo estudio estaba mucho más limpio que un ala nueva de cualquier hospital. Un sofá marrón ocupaba la pared central, frente a una larga ventana que daba a dos pinos solitarios. En el lado izquierdo de la parte más alejada de la habitación se encontraba un catre del ejército, y a la derecha una camita infantil con sábanas rosa y colcha; ambos inmaculadamente limpios. El suelo estaba bien barrido, los platos lavados y apilados, la mesita de centro frente al sofá no tenía ni un solo cerco producido por un vaso de agua o una taza de café. El cubo de la basura estaba limpio… lavado incluso.

No había ni un pelo en el lavabo de porcelana blanca del baño. En un platito, junto a la bañera, se veía una diminuta pastilla de jabón en forma de pez sonriente. Empecé a envolver el jabón en varias capas de papel higiénico cuando me vino una inspiración.

Volví a la habitación principal y aparté el sofá de la pared. Recordé que cuando Jesus era niño, a menudo escondía sus tesoros y sus errores debajo del sofá, suponiendo que sólo él era lo bastante pequeño para acurrucarse y caber en aquel pequeño espacio.



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