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Yo estaba sentado en el sofá azul, oscilando entre el vértigo y la fuerte sensación de una violencia inminente, cuando se abrió de golpe la puerta. Entraron tres hombres uniformados; soldados: un capitán seguido de dos policías militares. Los policías llevaban unas pistoleras con pistolas del calibre 45. Eran blancas, enormes. El capitán en cambio era bajito, negro y, tras un momento de sorpresa, sonriente. No era una sonrisa amistosa, pero aun así parecía ser una expresión natural en aquel hombre.
Pensé en empuñar mi arma, pero no encontré excusa alguna para tal acto. Me sentí desesperado y confuso en lo más íntimo de mi corazón, pero decidí seguir a mi mente.
– Hola -dijo el capitán negro-. ¿Quién es usted?
– ¿Es ésta su casa, buen hombre? -le pregunté, y me puse en pie.
La mueca vacía del capitán se amplió.
– ¿Y la suya? -preguntó a su vez.
– Soy detective privado -dije. Siempre me estremezco un poco al decirlo; siento como si estuviese en un plató de cine y Humphrey Bogart estuviese a punto de hacer su aparición-. Me han contratado para encontrar a un hombre llamado Navidad Black.
Me preguntaba si alguna mujer se dejaría engañar por la sonrisa de aquel oficial. Era un hombre de piel oscura, como yo, y mortalmente guapo. Pero sus ojos brillantes, desde luego, nunca habían mirado dentro del corazón de otro ser humano. Detrás de aquellos ojos castaños profundos y oscuros se concentraba la frialdad de un predador natural.
– ¿Y lo ha encontrado?
– ¿Quién quiere saberlo?
Los policías militares se abrieron en abanico a ambos lados de su negro oficial en jefe. Allí no podría librarme por la fuerza de las armas.
– Perdone mi descortesía -dijo el sonriente predador-. Clarence Miles. Capitán Clarence Miles.
