
– ¿Y qué está haciendo aquí, capitán? -pregunté, pensando qué habrían hecho el Ratón o Navidad si se hubiesen encontrado en mi situación.
– Yo le he preguntado primero -dijo.
– Estoy en ello, capitán, pero mis años como militar han quedado muy atrás. No tengo que responderle y, desde luego, no tengo por qué contarle los asuntos de mi cliente.
– Quien es soldado una vez, lo es siempre -dijo él, mirando al hombre que tenía a su derecha.
Observé que aquel PM tenía tres medallas en la parte izquierda del pecho. Eran roja, roja y bronce. Era un hombre blanco joven, con unos ojos grises asombrosos.
– También dicen eso de los negros -dije, a ver si podía picarle.
Pero el capitán Miles sólo tenía sonrisas para mí.
– ¿Cómo se llama, detective?
– Easy Rawlins. Tengo un despacho en Central. Una mujer me contrató para que encontrase al señor Black. Me pagó trescientos dólares por una semana de trabajo.
– ¿Qué mujer?
Dudé entonces, pero no por incertidumbre. Sabía lo que quería del capitán y también tenía una idea de cómo conseguirlo.
– Ginny Tooms -contesté-. Me dijo que Black era el padre del hijo de su hermana, de diecisiete años. Quería que volviera con ella e hiciese lo que hay que hacer.
– Parece que quieren llevarle a prisión -especuló Miles.
Yo me encogí de hombros, diciendo sin palabras que no eran asunto mío los follones en los que se mete un tío con la polla traviesa. Yo sólo necesitaba los trescientos dólares, y por ese motivo estaba allí.
– ¿Qué aspecto tiene esa tal señorita Tooms? -me preguntó.
– ¿Por qué quiere saberlo? Usted ha dicho que está buscando a Black. -Mi acento se iba volviendo más espeso a medida que hablaba. Sabía por experiencia que los soldados de carrera negros miran por encima del hombro a sus hermanos poco educados. Y si me menospreciaba, era posible que se descuidara y me dijera algo que no pensaba que yo pudiese comprender.
