– ¿Y por qué no se lo dijo, sin más? -preguntó Miles.

– Bueno, hombre… -repliqué con displicencia-, es usted un negro como yo, pero lleva demasiado tiempo en el ejército… Ellos le compran la ropa, la comida, le dan cama, coche y armas. Piensa que todo es igual, porque está en la banda más grande del mundo, así que no entiende que un hombre vaya detrás de un dólar. Si le hubiese dicho a Ginny que sabía la dirección, ella me habría dado veinte dólares, y no trescientos. Hay que ordeñar bien a los clientes como si fueran vacas. No hay economatos donde conseguir botellas de leche o crema por aquí, sólo negros trabajando, eso es todo.

Si llego a apretar más, al final alguien habría acabado estrangulado con aquella mentira. El único problema que tenía era procurar que no se me notara en la cara la expresión de suficiencia y satisfacción, de modo que Clarence no supiera lo buena que yo pensaba que era.

– Descansen -dijo Miles a sus hombres.

Los PM se relajaron y dieron un paso atrás.

– ¿Y qué ha encontrado aquí, señor Rawlins?

– Una casa más limpia de lo que podía imaginar y un retrato enmarcado y roto.

– ¿Y qué se veía en el retrato?

– Nada.

Yo no habría mirado a los ojos de una mujer con más profundidad de lo que Miles miraba en los míos, no sin que de ellos surgiera la, pasión.

– Tenemos que encontrar a Navidad Black -dijo, con una sonrisita.

– Usted lo ha dicho.

Durante un minuto los cuatro hombres que estábamos en aquella habitación podíamos haber sido maniquíes, de tan quietos como nos quedamos.

– ¿Está usted comprometido con esa mujer?

– No le he dado ningún anillo ni nada.

– ¿Se ocupará usted del trabajo de encontrar a Navidad Black para el gobierno de Estados Unidos? -preguntó.

La vida no transcurre en línea recta como creemos.



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