
Quedamos empatados. Yo había dicho mis mentiras, él las suyas. Sus hombres seguían en posición, pero no había ningún motivo para castigarme. Todo lo que había dicho era bastante plausible.
Miré a mi alrededor y vi lo que parecía un abejorro en la esquina, encima de la cabeza del soldado condecorado.
– ¿Puedo ver su identificación, señor Rawlins? -me preguntó el capitán Miles.
Yo llevaba mi licencia de detective privado en el bolsillo de la camisa para tener el acceso fácil. La saqué y se la tendí como un buen soldado. El oficial la examinó. La foto en blanco y negro de mi rostro sonriente y la firma del subinspector de policía, mi archienemigo, Gerald Jordan, bastaban para probar todo lo que yo decía.
– No hay demasiados detectives negros en Los Angeles -dijo él, mirando la tarjeta. Luego me miró y sonrió.
– ¿Es todo, capitán?
– No. Todavía no.
– ¿Qué más quiere? Tengo trabajo, ¿sabe?
El abejorro estaba en la misma posición. Deseé que el animalito cobrara vida y asustara a los soldados. Sólo necesitaba un momento para sacar la pistola que llevaba alojada en el cinturón, en la parte de atrás de los pantalones. Notaba la necesidad de igualar posiciones.
– El general King estaba a cargo de unas operaciones muy delicadas, tanto en este país como en el extranjero. Él responde ante el Pentágono. Más de una vez he atendido a su llamada y el presidente estaba al otro lado de la línea.
– ¿Y qué tiene que ver eso con un negro como yo o como Navidad Black, a ver?
– Tenemos que encontrar a Black -dijo Miles con rostro serio, a su pesar-. Tenemos que encontrarlo.
– Pero yo no me interpongo en su camino, hermano.
– ¿Cómo localizó este apartamento?
– Tooms había estado aquí -dije.
– ¿Y por qué no vino ella misma?
– Me dijo que sólo había estado en este lugar una vez, de noche. Lo único que recordaba era que había un edificio enfrente con un neumático enorme en el tejado. En cuanto lo dije, yo supe cuál era la dirección.
