– A ver lo que tienes ahí.

– ¿Puedo preguntarte algo antes?

– Me has pagado por diez minutos, así que puedes hacer lo que quieras con ese tiempo.

– ¿Eres feliz haciendo esto, Chevette?

La expresión de su cara pasó en un segundo de los treinta a los dieciséis años. Intentó alcanzar la puerta del coche, pero le agarré la muñeca.

– No intento detenerte, chica -le dije.

– Entonces deja que me vaya.

– Has cogido mi dinero. Lo único que te pido son mis diez minutos.

Chevette se echó hacia atrás después de mirar mi otra mano y buscar por el asiento delantero alguna señal de peligro.

– Vale -dijo, mirando hacia el suelo oscuro-. Pero nos quedamos aquí mismo.

Levanté su barbilla con un dedo y cuando volvió la cara hacia mí, miré sus grandes ojos.

– Martel me contrató para encontrarte -dije-. Está destrozado desde que te fuiste. Le dije que yo te pediría que volvieras a casa, pero que no te arrastraría hasta allí.

La mujer-niña me miró entonces.

– Pero tengo que decirle dónde estás… y contarle lo de Porky.

– No le hables a papá de él -me rogó-. Uno de los dos acabará muerto, seguro.

Porky el Chulito había reclutado a Chevette a tres manzanas del instituto Jordan. Era un hombre gordo, con marcas de viruela en la cara y cierta inclinación por las navajas, los anillos de brillantes y las mujeres.

– Martel es tu padre -argumenté-. Merece saber lo que te ha pasado.

– Porky lo hará pedazos. Lo matará.

– O al revés -dije yo-. Martel me ha contratado para que te encuentre y le diga dónde estás. Así es como pago mi hipoteca, chica.

– Podría pagarte yo -sugirió, colocando una mano en mi muslo-. Tengo setenta y cinco dólares en el bolso. Y has dicho que querías algo de compañía…



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