– No. Quiero decir que… eres una chica muy guapa, pero soy honrado y también soy padre.

El rostro de la jovencita quedó inexpresivo, y vi que su mente corría a toda velocidad. Mi aparición era una posibilidad que ya había contemplado. No la mía exactamente, sino la de algún hombre que o bien la conociera o quisiera salvarla. Después de veinte mamadas por noche durante dos semanas seguramente habría pensado en el rescate, y en los peligros que podrían proceder de un acto desesperado semejante. Porky podía encontrarla en cualquier lugar del sur de California.

– Porky no me dejará marchar -dijo-. Cortó a una chica que intentó dejarle. Casandra. Le cortó la cara.

Se llevó la mano a la mejilla. Puso una cara horrible.

– Oh -dije-. Estoy casi seguro de que ese cerdo entrará en razón.

Fue mi sonrisa lo que le dio esperanzas a Chevette Johnson.

– ¿Dónde está? -le pregunté.

– En la parte de atrás de la barbería.

Cogí de la guantera la 38, de un gris oscuro, y saqué las llaves del contacto.

Rodeando la barbilla de la chica con la mano, dije:

– Tú espérame aquí. No quiero tener que buscarte otra vez.

Ella asintió y yo me dirigí hacia el callejón.


Alto y desgarbado, LaTerry Klegg estaba de pie en el umbral del porche trasero de la Barbería Masters y Broad. Parecía una mantis religiosa de un marrón muy oscuro, de pie en un charco de crema amarilla. Klegg tenía fama de ser rápido y mortal, de modo que me acerqué velozmente y le golpeé con la parte lateral de mi pistola en la mandíbula.

Cayó y pensé en Bonnie por un momento. Me pregunté, mientras buscaba la asombrada cara de Porky, por qué no me habría llamado. El Chulito estaba sentado en una vieja silla de barbero que habían trasladado hasta el porche para dejar espacio para una nueva, sin duda.

– ¿Quién cojones eres tú? -dijo el proxeneta con voz atemorizada de falsete.



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