
– Claro que sí, cariño. Sí que quiero.
Cogí a Pascua y seguí a Feather a la cocina. Allí me senté en una silla con la niña pequeña en mi regazo, como una muñeca.
– ¿Te lo has pasado bien con Feather? -le pregunté.
Pascua asintió con vehemencia.
– ¿Te ha preparado la comida?
– Atún y pastel de boniato.
Mirándome a los ojos, Pascua se relajó y se apoyó en mi pecho. No la conocía ni a ella ni a su padre, Navidad Black, desde hacía demasiado tiempo, pero la confianza que él tenía en mí había influido en la de la niña.
– ¿Así que has venido con tu papá en el coche? -le pregunté.
– Ajá.
– ¿Y quién iba en el coche, sólo él y tú?
– No -respondió-. También iba una señora con el pelo rubio.
– ¿Y cómo se llamaba?
– Señorita… no sé qué. No me acuerdo.
– ¿Y esa señora estaba en tu casa de Riverside?
– Nos fuimos de allí -dijo Pascua, con algo de nostalgia.
– ¿Adónde os fuisteis?
– Detrás de una casa grande y azul, al otro lado de la calle donde está el edificio que tiene un neumático enorme en el tejado.
– ¿Un neumático tan grande como una casa?
– Ajá.
Por entonces la cafetera eléctrica ya empezaba a filtrar el agua.
– El señor Black ha venido esta mañana -dijo Feather-. Me ha preguntado si Pascua podía quedarse un tiempo y yo le he dicho que sí, que vale. ¿He hecho bien, papi?
Feather siempre me llamaba papi cuando no quería que me enfadase.
– ¿Está bien mi papá, señor Rawlins? -preguntó Amanecer de Pascua.
– Tu papá es el hombre más fuerte del mundo -le dije, exagerando sólo un poquito-. Allá donde esté, le irá bien. Seguro que llamará y me dirá lo que pasa antes de que se haga de noche.
Feather hizo chocolate caliente para ella y para Pascua Nos sentamos a la mesa de la cocina como adultos que se visitan por la tarde. Feather habló de lo que había aprendido de historia americana y la pequeña Amanecer de Pascua escuchó como si fuera una alumna en clase. Cuando hubimos jugado a las visitas lo suficiente para que Pascua se sintiera como en casa, sugerí que se fueran a jugar al patio de atrás.
