Sólo tenía once años, pero parecía mucho mayor. Había crecido casi dos palmos en poco más de un año, y tenía un rostro esbelto e inteligente. Feather y Jesus hablaban entre sí en inglés, francés y español fluido, cosa que hacía que su conversación pareciese mucho más sofisticada.

– ¿Dónde está Juice? -pregunté, usando el apodo de Jesus.

– Benny y él han ido a recoger a Essie a casa de la mamá de Benny. -Dudó un momento y añadió luego-: Yo hoy me he quedado en casa con Pascua porque no sabía qué hacer.

Intenté comprender todo aquello allí, de pie.

Mi hijo había accedido a quedarse con Feather mientras yo estaba fuera buscando a Chevette. Él y su novia Benita no tenían mucho dinero y sólo podían permitirse un apartamento con una sola habitación en Venice. Cuando hacían de niñera para mí podían dormir en mi ancha cama, ver la tele y cocinar en una cocina de verdad.

Pero Jesus tenía su propia vida, y se suponía que Feather debía ir al colegio. Amanecer de Pascua Black no tenía por qué estar en mi casa, en absoluto. La niña llevaba unos pantalones negros de algodón y una chaqueta de seda roja sin adornos, al estilo asiático. Tenía el largo pelo negro atado con una cinta naranja y cayendo hacia adelante, encima del hombro derecho.

– Me ha traído mi papá -dijo Pascua, respondiendo a la pregunta que leyó en mis ojos.

– ¿Por qué?

– Me ha dicho que te dijera que debía quedarme aquí un tiempo, visitando a Feather…

Mi hija se arrodilló y abrazó a la niña desde atrás.

– … y ha dicho que tú sabrías cuánto tiempo tenía que quedarme. ¿Lo sabes?

– ¿Quieres un poco de café, papá? -me preguntó Feather.

Mi hija adoptiva tenía una piel de un marrón claro y cremoso que reflejaba su compleja herencia racial. Al mirar su rostro generoso me di cuenta, por enésima vez, de que ya no podía predecir los caprichos o profundidades de su corazón. Con la tristeza de esa separación creciente, le respondí:



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