Y fue entonces, en aquel preciso momento, cuando notó el primer indicio de inquietud. Cierta premonición alertó su subconsciente; interiores inquietudes y una vaga sensación de intranquilidad se unieron para convertirse en temor. Había un leve olor, extraño pero al mismo tiempo horriblemente familiar; la sensación de una presencia reciente; el posible significado de aquella puerta exterior sin cerrar, la oscuridad del pasillo… De pronto, supo que allí había algo alarmante, e instintivamente exclamó:

– ¡Darren!

El niño se volvió y la miró fijamente, y a continuación, inmediatamente, volvió a su lado.

Poco a poco al principio, y después con un movimiento brusco, ella abrió la puerta. La luz la deslumbró. El largo tubo fluorescente que desfiguraba el techo estaba encendido y su resplandor eclipsaba la suave luz del pasillo. Y pudo ver entonces el horror personificado.

Eran dos, y supo instantáneamente y con absoluta certeza que estaban muertos. La habitación era una especie de caos. Los habían degollado y parecían animales sacrificados en medio de un charco de sangre. Instintivamente, empujó a Darren detrás de ella, pero ya era tarde. Él también lo había visto. No gritó, pero notó que el niño temblaba y profería un leve y patético gruñido, como un cachorro enfadado. Lo empujó hacia el pasillo, cerró la puerta y se apoyó en ella. Notaba perfectamente un frío incontrolable, acompañado por los tumultuosos latidos de su corazón. Parecía como si éste se hubiera hinchado en su pecho, y como si, enorme y caliente, estremeciera su frágil cuerpo con un doloroso tamborileo, como dispuesto a partirla en dos. Y el olor, que al principio había sido insinuante, casi imperceptible, poco más que una tonalidad extraña en el aire, parecía ahora invadir el pasillo con los intensos efluvios de la muerte.

La señorita Wharton oprimió su espalda contra la puerta, agradeciendo el apoyo que le ofrecía aquella sólida madera de roble tallada.



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