– No digas tonterías, Darren. Desde luego, nadie sospechará de nosotros. En cambio, huir… eso sí que parecería sospechoso.

Le empujó a lo largo del pasillo.

– Yo me quedo aquí. Tú irás a buscar ayuda. Debemos cerrar la puerta con llave. Yo esperaré aquí mientras vas a buscar al padre Barnes. ¿Sabes dónde está la vicaría? Es el piso de la esquina, en aquella manzana de Harrow Road. Él sabrá lo que hay que hacer. Él avisará a la policía.

– Pero usted no puede quedarse sola aquí. ¿Y si él está todavía aquí? ¿En la iglesia, esperando y vigilando? Es mejor que nos marchemos los dos, ¿vale?

La autoridad que había en aquella voz infantil la desconcertó.

– Pero es que no me parece bien, Darren, dejarlos aquí. Los dos no. Me parece… bueno, desacertado. Yo debería quedarme.

– Tonterías. Usted no puede hacer nada. Están muertos, un par de fiambres. Ya los ha visto.

Hizo un rápido gesto como si pasara la hoja de un cuchillo a través de su garganta, puso los ojos en blanco y carraspeó. El sonido fue horriblemente real, como un vómito sanguinolento en su boca, y ella gritó:

– ¡Por favor, Darren, no hagas eso!

Inmediatamente, él se mostró conciliador, con una voz más tranquila. Puso su mano sobre la de ella.

– Será mejor que venga conmigo a ver al padre Barnes.

Ella bajó la vista y le miró, compungida, como si fuera ella la menor de los dos.

– Si lo crees así, Darren.

Él había asumido ya el mando y su cuerpecillo casi vibraba.

– Sí, es lo que yo creo. Venga conmigo.

Estaba excitado. Ella lo oyó en el temblor de su voz, y lo vio en aquellos ojos brillantes. Ya no estaba asustado y, en realidad, ni siquiera trastornado. Había sido una tontería pensar que había que protegerlo contra aquel horror.



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