
«Qué amable es -pensó-, qué cariñoso, este querido chiquillo.» Le hubiera gustado hablarle de las flores y del salmón, pero ahora no era momento para pensar en ello, desde luego.
Se encontraron en el exterior. El aire, puro y frío, parecía oler tan dulcemente como la brisa marina. Pero cuando, entre los dos, cerraron la pesada puerta, con sus barras de hierro forjado, la señorita Wharton descubrió que no podía introducir la llave en la cerradura. Sus dedos se movían rítmicamente, como presa del espanto. Fue él quien le arrebató la llave y, poniéndose de puntillas, la introdujo en el agujero de la cerradura. Y, entonces, las piernas de ella se doblaron lentamente y se dejó caer poco a poco sobre el escalón, tan inerte como una marioneta. El niño la miró.
– ¿No se encuentra bien?
– Creo que no puedo andar, Darren. En seguida estaré mejor, pero ahora tengo que quedarme aquí. Tú irás a buscar al padre Barnes. Pero… ¡date prisa!
Al ver que él seguía titubeando, añadió:
– El asesino todavía puede encontrarse ahí dentro. Cuando hemos llegado, la puerta no estaba cerrada. Debió de irse después de… Supongo que no se habrá quedado dentro, esperando que lo cojan, ¿verdad que no?
«Es extraño -pensó- que mi mente razone, en tanto que mi cuerpo parece haberse dado por vencido.»
Sin embargo, era verdad. No era posible que él siguiera allí, escondido en la iglesia, cuchillo en mano. A menos que aquellos dos hubieran muerto hacía muy poco.
