Esta pareja inusual había abandonado el piso de la señorita Wharton en Crowhurst Gardens, poco antes de las ocho y media, para recorrer a pie el medio kilómetro que separaba el canal Grand Union de la iglesia de Saint Matthew. Una vez allí, la señorita Wharton, como hacía todos los miércoles y viernes, tenía que retirar las flores marchitas del jarro situado ante la estatua de la Virgen, quitar las gotas de cera y los restos de cirios de los candelabros de bronce, limpiar el polvo de las dos filas de sillas de la Capilla de Nuestra Señora, que era el lugar adecuado para la pequeña congregación esperada en la primera misa de aquella mañana, y tenerlo todo a punto para la llegada del padre Barnes, a las nueve y veinte minutos.

Fue en una misión similar, siete meses antes, cuando conoció a Darren. Éste estaba jugando solo en el camino de sirga, si cabe llamar juego a una ocupación tan inútil como la de arrojar latas de cerveza vacías al canal, y ella se detuvo para darle los buenos días. Tal vez él se sintió sorprendido al verse saludado por una persona adulta que no le reprendió ni le asaltó a preguntas. Cualquiera que fuese la razón, lo cierto es que, tras dedicarle una primera mirada inexpresiva, se sintió atraído por ella, siguiéndola primero discretamente, más tarde describiendo círculos a su alrededor, como hubiera podido hacerlo un perro extraviado, y finalmente trotando a su lado. Cuando llegaron los dos a la iglesia de Saint Matthew, él la siguió al interior del templo con tanta naturalidad como si aquella mañana hubieran emprendido juntos el camino desde el principio.

Aquel primer día, la señorita Wharton pudo constatar que él jamás había estado antes en una iglesia, pero ni entonces ni en ninguna otra de las subsiguientes visitas mostró el niño la menor curiosidad acerca de su finalidad. Recorrió alegremente la sacristía y el cuarto de las campanas mientras ella atendía sus obligaciones, observó con expresión crítica cómo disponía los seis narcisos rodeados de hojas en el jarrón a los pies de la Virgen, y presenció con la total indiferencia propia de la infancia las frecuentes genuflexiones de la señorita Wharton, interpretando sin duda aquellos súbitos movimientos como una manifestación más de los hábitos peculiares de los adultos.



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