Pero ella le volvió a encontrar en el camino de sirga la semana siguiente, y también la otra. Después de la tercera visita, sin que terciara ninguna invitación, el niño regresó con ella a su casa, y compartió con ella su lata de sopa de tomate y sus filetes de pescado.

El almuerzo, como una comunión ritual, confirmó la curiosa y mutua dependencia que, sin mediar palabra al respecto, les unía. Para entonces, ella sabía ya, con una mezcla de gratitud y ansiedad, que el niño había llegado a serle necesario. En sus visitas a Saint Matthew, él siempre abandonaba la iglesia, misteriosamente presente un momento y desaparecido al siguiente, cuando empezaban a entrar en ella los primeros feligreses. Después de la misa le encontraba matando el tiempo en el camino de sirga, y él se reunía con ella como si en ningún momento se hubieran separado. La señorita Wharton jamás había mencionado su nombre al padre Barnes ni a ninguna otra persona de Saint Matthew, y, que ella supiera, tampoco él había mencionado el de ella en su mundo secreto infantil; sabía ahora tan poco sobre él, sus padres y su vida, como el primer día en que se encontraron.

Sin embargo, esto había ocurrido hacía ya siete meses, una fría mañana de mediados de febrero, cuando los arbustos que flanqueaban el camino del canal, separándolo del municipio vecino, eran todavía enmarañados matorrales de espino carente de vida; cuando las ramas de los fresnos estaban cubiertas de brotes negros, tan cerrados que parecía imposible que un día pudiera salir el verde de ellos y las delgadas y desnudas ramas de los sauces, colgantes sobre el canal, trazaban delicadas plumas en la rápida corriente.



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