
Tuvo que admitir que tenía «lo típico», y en abundancia. Su rostro no sólo era atractivo, sino enigmática, con rasgos angulares y bien definidos, hermosos ojos y una mirada cargada de una enorme y divertida inteligencia.
«Extravagante», pensó ella, contemplándole desde el punto de vista profesional. Siempre a punto de hacer o decir algo inesperado. Justo lo que ella intentaría reflejar si tuviese que hacerle una fotografía.
De repente, él la miró fijamente.
– Cuéntame -dijo él.
– ¿Por dónde empiezo? -suspiró ella-. ¿Por el principio, cuando era una estúpida y una ilusa, o más adelante, cuando quedó impresionado por mi «vulgaridad sin principios»?
Dante se puso en guardia enseguida.
– Sin principios y vulgar, ¿no? Eso suena interesante. Continúa.
– Conocí a Tommy cuando me contrataron para hacer las fotos de la obra…
– ¿Tommy?
– Sandor. Su nombre real es Tommy Wiggs. Echando la vista atrás, supongo que decidió enamorarme porque pensó que eso, daría un toque especial a las fotos. Así que me llevó a cenar y me encandiló.
– ¿Y te sedujo su encanto de actor? -preguntó Dante frunciendo el ceño, como si lo encontrase difícil de creer.
– No, era más listo que eso. Me convenció de que se estaba mostrando tal y como era y me dijo que quería que lo llamase por su nombre real porque Sandor era para las masas. El hombre que había dentro de él era Tommy -al ver la cara que él ponía, añadió-: sí, a mí también me revuelve un poco el estómago, pero aquella noche me resultó encantador. El caso es que Tommy estaba hecho para el cine, no para el teatro. Impresiona más en planos cortos, cuanto más cerca, mejor resulta.
– ¿Y se aseguró de que te acercaras lo suficiente? -Esa noche no -dijo ella en voz baja-, con el tiempo. Ferne se quedó en silencio, recordando momentos que por entonces le parecieron dulces y que de pronto le resultaban ridículos. ¡Con qué facilidad se había enamorado y cuánto se alegraba de haber salido de aquello! Aunque había habido momentos que todavía le gustaba recordar, por muy equivocada que estuviera.
