
Dante asintió solidariamente.
– ¡La alegría de hacer las cosas en el calor del momento! No hay nada como eso.
– Siempre he sido una persona organizada, quizá demasiado. Me sentó maravillosamente volverme un poco loca -emitió una risilla burlona-. Pero no se me da muy bien y lo eché todo a perder, ¿no es verdad?
– No importa. Mejorarás con la práctica.
– ¡Oh, no! Ha sido mi última aventura.
– Tonterías, sólo eres una principiante. Deja que te muestre el placer de vivir cada momento como si fuese el último de tu vida.
– ¿Es así como vives?
De primeras, él no respondió. Empezó a inclinarse sobre la mesa, mirándola directamente a los ojos. Luego volvió a echarse hacia atrás.
– Sí, así es como vivo -dijo-. Le da un sabor a la vida imposible de obtener de otro modo.
Ferne sintió una inquietud momentánea. Resultaba inexplicable, excepto por el hecho de que el tono de su voz no concordaba con lo desenfadado de su conversación. Él la había ahuyentado hacía tan sólo un momento y algo le decía que podía volver a hacerlo. Se habían acercado a terreno peligroso, lo que sorprendentemente parecía ocurrir con facilidad estando con aquel hombre.
De nuevo, se preguntó qué había detrás de ese lugar prohibido. Intentando sonsacarle, hizo una reflexión:
– No saber nunca qué pasará después… supongo que soy la prueba viviente de que eso puede hacer la vida muy interesante. Cuando me desperté esta mañana, nunca imaginé esta situación.
Él volvió a sonreír. El momento había pasado.
– ¿Cómo ibas a imaginar que conocerías a uno de los héroes de este país? -preguntó él irrefrenablemente-. Un hombre tan importante que su efigie está acuñada en las monedas.
Disfrutando del desconcierto de Ferne, sacó una moneda de dos euros. La efigie, con su nariz bien definida, se parecía un poco a él.
– ¡Por supuesto! -dijo ella-. Dante Alighieri, el famoso poeta. ¿Viene de ahí tu nombre?
