– Sí. Mi madre esperaba que poniéndome el nombre de un hombre importante me convertiría a mí también en alguien importante.

– Todos sufrimos decepciones -dijo Ferne con solemnidad

Él apreció su indirecta.

– ¿Sabes algo de Dante? -preguntó.

– No mucho. Vivió a finales del siglo mil y principios del siglo xiv y escribió una obra maestra llamada La divina comedia, que describía un viaje a través del infierno, el purgatorio y el paraíso.

– ¿La has leído? Estoy impresionado.

– Sólo era una traducción al inglés y me costó llegar al final -rió ella-. El infierno y el purgatorio eran mucho más interesantes que el paraíso.

Él asintió.

– Sí, yo siempre he pensado que el paraíso debe de ser insufrible. Con tanta virtud -se estremeció y luego sonrió-. Por suerte, es seguramente el último lugar en el que acabaré.

Con gran estruendo, un tren se cruzó con el de ellos en dirección contraria. Ferne observó cómo las luces parpadeaban sobre él y pensó que resultaba dificil imaginárselo como un maestro en artes ocultas: era encantador y bastante peligroso, porque bajo ese encanto escondía su verdadera personalidad. Había supuesto que tenía treinta y pocos años, pero con aquella luz cambió el cálculo a treinta y muchos. Su rostro delataba experiencias tanto buenas como malas.

– ¿En qué piensas? -preguntó él.

– Me preguntaba de qué parte del otro mundo has salido.

– Sin duda alguna, del séptimo nivel del purgatorio -respondió él, elevando una ceja para ver si ella lo entendía.

Y lo entendía. Era el lugar reservado a aquéllos que se han excedido en el disfrute de los pecados más placenteros.

– Justo lo que pensaba -dijo ella en voz baja-. Pero no quería sugerirlo por si te ofendía.

La ironía de su sonrisa le indicó que era la última acusación que podría ofenderle.

Bebieron champán en silencio durante unos minutos. Entonces él comentó:



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