
Francesco se mostraba pensativo, como si su mente soportara alguna carga. Como los otros dos, la saludó cariñosamente, pero enseguida dijo:
– Será mejor que me vaya, mamma. Quiero llegar a casa antes que Celia.
– ¿No sospecha nunca por lo a menudo que eso ocurre? -preguntó Hope.
– Siempre, y me dice que deje de hacerlo, pero… -se encogió de hombros con resignación- lo hago de todas formas -y dirigiéndose a Ferne añadió-: mi esposa es ciega y se enfada mucho si ve que me preocupo demasiado por ella, pero es que no puedo evitarlo.
– Vete a casa -le dijo Hope-. Pero no dejes de venir mañana a la fiesta.
Él la abrazó cariñosamente y se marchó. Casi en ese mismo instante, apareció otro coche y de él descendieron dos mujeres. Una era morena y tan bonita que ni su barriga de embarazada eclipsaba su elegancia. La otra era rubia, guapa más que exótica, y venía acompañada de un niño pequeño.
– Esta es mi esposa, Olympia -dijo Primo, acercando a la embarazada para presentársela a Ferne.
– Y ésta es la mía, Polly -dijo Ruggiero, señalando a la joven rubia.
A esa distancia, descubrió que Polly también estaba embarazada, probablemente de unos cinco meses. La actitud de su marido hacia ella era protectora, y Ferne volvió a experimentar el agradable sentimiento que había tenido hacía un momento. El hecho de estar allí, entre gente que se sentía tan feliz estando reunida, le bastaba para sentirse así.
Pronto se hizo la hora de comer. Hope lideró el camino a casa para inspeccionar la comida que estaba preparando Elena, probarla y dar su opinión. En esto le ayudaron no sólo sus nueras, sino también sus hijos, que saborearon los platos y ofrecieron con franqueza su consejo… a veces con demasiada franqueza, como les advirtió su madre.
– Entonces es cierto lo que dicen sobre los hombres de Italiaobsevó Ferne divertida.
