En el momento en que se detuvieron los coches, la puerta se abrió y condujeron a Ferne por las escaleras hasta el interior a través de una amplia terraza que rodeaba la casa.

– ¿Por qué no subes enseguida a tu habitación? -preguntó Hope-. Baja cuando estés lista y conocerás a estos granujas que llamo hijos míos.

Esos «granujas» sonreían encantados de volver a vera sus padres, y Ferne se retiró, entendiendo que querrían verse libres de su presencia por unos instantes.

La habitación era lujosa, con baño propio y una cama grande y confortable. Asomándose a la ventana, descubrió que daba al frente de la casa y que contaba con una maravillosa vista de la bahía de Nápoles.

Se duchó rápidamente y se puso un vestido azul claro, sencillo pero moderno. Al menos podría mantener la cabeza bien alta en la elegante Italia.

Escuchó risas abajo y, cuando miró por la ventana, vio a la familia Rinucci sentada alrededor de una mesa rústica bajo los árboles. Hablaban y reían de forma tan agradable que se sintió reconfortada.

Su familia había sido una familia feliz, pero poco numerosa. Era hija única, nacida de padres que a su vez eran hijos únicos. Dos de sus abuelos habían muerto pronto y los otros habían emigrado a Australia.

Su padre había fallecido y su madre se había ido a vivir con sus padres a Australia. Ferne podría haberse ido también, pero había preferido quedarse en Londres para dedicarse a su exitosa carrera, de modo que, si estaba sola y no había habido nadie que la escuchara tras romper con Sandor Jayley, la culpa había sido sólo suya.

Pero algo le dijo que Villa Rinucci nunca se quedaba vacía y se sintió encantada al contemplar aquella pequeña reunión.

Hope levantó la vista y le hizo un gesto, indicándole que se uniese a ellos, y Ferne se apresuró a bajar. Empezó a presentarles a los jóvenes: primero Primo, hijastro de su primer matrimonio, luego Ruggiero, uno de sus hijos con Toni.



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