– No se preocupe.

La ventana contaba con una pequeña abertura en la parte alta y el hombre deslizó por ella el brazo con una mano llena de billetes que el mozo recibió agradecido. Luego, su salvador se despidió con la mano y se volvió hacia ella en el pasillo del tren, que poco a poco iba tomando velocidad.

Entonces Ferne tuvo un momento para mirarle y pensó que sufría alucinaciones. No podía ser tan guapo. Era un hombre en la treintena, alto e impresionante, con anchos hombros y un cabello azabache como sólo pueden tenerlo los italianos. Tenía los ojos de un azul profundo, llenos de vida, y su aspecto era de ésos que sólo se permiten los personajes de una novela.

Para colmo, había corrido en su ayuda como el héroe de un melodrama. Pero ¡qué demonios, estaba de vacaciones!

Él le devolvió la mirada de forma fugaz pero apreciativa, fijándose en lo esbelto de su figura y su cabello pelirrojo oscuro. Sin presunción, pero también sin falsa modestia, ella sabía que era atractiva: ya había visto antes lo que los ojos de él expresaban, aunque tardó un momento en pronunciar palabra.

– Le reembolsaré el dinero de la propina, por supuesto. Una mujer de unos sesenta años, con el pelo cano, delgada y elegante, apareció tras él en el pasillo.

– ¿Te has hecho daño, querida? -preguntó-. Ha sido una caída terrible.

– No, estoy bien, sólo un poco magullada.

– Dante, que venga a nuestro compartimento.

– Muy bien, tía Hope. Indícale el camino, yo llevaré las maletas.

La mujer agarró suavemente a Ferne del brazo y la condujo por eI pasillo hasta un compartimento en cuya puerta había un hombre, también de unos sesenta años, que las observaba conforme se iban aproximando. Se apartó para dejarlas entrar y acomodó a Ferne en un asiento.

– A juzgar por su acento, debe de ser usted inglesa -dijo la mujer sonriendo abiertamente.



2 из 117