
– Sí, me llamo Ferne Edmunds
– Yo también soy inglesa. Al menos, lo fui hace mucho tiempo. Ahora soy la signora Hope Rinucci. Éste es mi marido, Toni… y este joven es nuestro sobrino, Dante Rinucci.
Dante entraba en ese momento con el equipaje. Lo metió bajo los asientos y luego se sentó, frotándose el brazo.
– ¿Te has hecho daño? -le preguntó Hope angustiada.
Él hizo una mueca de dolor.
– Creo que al sacar el brazo por esa rendija tan estrecha me he hecho unos moratones que me durarán de por vida -y entonces sonrió-. No pasa nada, sólo es una broma. Deja de preocuparte, la que necesita cuidados es nuestra amiga, que esos andenes son muy duros.
– Es cierto -dijo Ferne lastimeramente, frotándose las rodillas sobre los pantalones.
– ¿Quiere que le eche un vistazo? -preguntó él, expectante.
– No, no quiere -contestó Hope, anticipándose-. Compórtate. De hecho, ¿por qué no vas al vagón restaurante y pides algo para esta joven? -y añadió severamente-: Mejor si vais los dos.
Como dos niños obedientes, ambos hombres se levantaron y se marcharon sin pronunciar palabra… Hope rió entre dientes.
– Entonces, signorina… ¿es signorina?
– Signorina Edmunds. Pero llámeme Ferne, por favor: Después de lo que su familia ha hecho por mí, dejemos a un lado las formalidades.
– Bien. En ese caso…
Alguien llamó a la puerta y un encargado se asomó al interior.
– Ah, sí, viene a preparar las literas -dijo Hope-. Reunámonos con los hombres.
Conforme avanzaban por el pasillo, Hope preguntó:
– ¿Dónde está tu litera?
– No tengo -admitió Ferne-. Hice la reserva en el último minuto y estaban todas ocupadas.
En el vagón restaurante, Toni y Dante estaban sentados en una mesa. Dante se levantó cortésmente y le ofreció un asiento a su lado.
– Ahí está el revisor -dijo Hope-. Resolvamos todas las formalidades antes de comer. Puede que te encuentren una litera.
