Pero a partir de ese instante las cosas se torcieron. Conforme los demás mostraban los billetes, Feme revolvió desesperada su bolsa, afrontando finalmente la cruda realidad.

– Ha desaparecido -susurró-. Todo. Mi dinero, los billetes… debe haberse caído cuando tropecé en el andén.

Volvió a buscar sin resultado. ¡Qué desastre!

¡Mi pasaporte también ha desaparecido! Tengo que volver.

Pero el tren avanzaba a toda velocidad.

– No se detiene hasta llegar a Nápoles -le explicó Hope.

– Pararán para echarme en cuanto descubran que no tengo ni billete ni dinero.

Hope la tranquilizó:

– Veamos qué es lo que podemos hacer.

Toni se puso a hablar en italiano con el revisor y luego le entregó su tarjeta de crédito.

– Van a emitir otro billete -le explicó Hope.

– Sois tan amables… Os devolveré el dinero, lo prometo.

– No te preocupes por eso ahora. Primero tenemos que encontrarte una litera.

– Eso es fácil -dijo Dante-: En mi compartimento hay dos literas, así que…

– Así que Toni puede dormir contigo y Ferne conmigo -dijo Hope, sonriendo-. ¡Qué buenísima idea!

– Pero tía, yo pensaba…

– Sé lo que pensabas y debería darte vergüenza.

– Sí, tía, lo que tú digas, tía.

Pero le guiñó el ojo a Ferne y ella no pudo evitar sentirse encantada. La idea de que un hombre tan guapo y seguro de sí mismo hiciese todo lo que se le ordenaba era estúpida. Su docilidad era tan claramente fingida que ella no pudo más que sonreír y sumarse a la broma.

El revisor intercambió unas palabras más con Toni antes de asentir y marcharse apresuradamente.

– Va a llamar a la estación para pedirles que busquen tus cosas -le explicó Toni a Ferne-. Ha sido una suerte que descubrieses tan pronto que no estaban en tu bolsa, porque así podrán recuperarlas antes de que alguien las encuentre. Pero, por si acaso, deberías cancelar las tarjetas de crédito.



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