Sí, sería difícil dejar esa ciudad pintoresca con su zona histórica, sus calles silenciosas, su parque bien cuidado y los residentes amigables del lugar donde había vivido los últimos ocho años mientras asistía a la universidad próxima. Austell le había brindado una sensación de permanencia que había echado en falta después de dejar su hogar familiar.

– Bueno, ¿qué es lo siguiente de la lista? -preguntó Kevin-. Dímelo ya, antes de que me quede dormido aquí mismo.

Daniel observó la lista y apretó la mandíbula.

– Césped y tierra.

– Hurra. ¿Y eso para qué es?

– Supongo que no viste mi patio trasero.

– No.

– Considérate afortunado. Otra de las cosas positivas es que tendré vecinos nuevos. Se acabó tratar con Carlie Pratt y sus perros locos, que me despiertan a horas intempestivas y a los que les gusta hacer hoyos en mi patio.

Pero en dos semanas ya no tendría que preocuparse de eso.

Desde luego que no echaría de menos el caos que había vivido en el otro lado de la valla trasera desde que Carlie y los Excavadores se habían trasladado allí hacía tres meses. No le importaría tanto si ella mantuviera el caos en su lado de la valla de madera que separaba los dos patios traseros, pero sus perros, dos cachorros traviesos que prometían crecer hasta alcanzar dimensiones equinas, lograban escapar casi a diario, para detrimento del patio que le pertenecía.

Su agente inmobiliario le había echado un vistazo a los agujeros del tamaño de cráteres que marcaban su césped y había decretado con tono ominoso que eso representaría un descenso enorme en el valor de la propiedad.

«Hay que arreglar ese desorden de inmediato».

Lo había arreglado, pero no pasó mucho hasta que Mantequilla de Cacahuete y Gelatina, M.C. y G., para abreviar, regresaran para causar estragos en su patio otra vez. ¿Desde cuándo a los perros les encantaba excavar agujeros? Era como si esos perros locos pensaran que, en su patio, se escondía un tesoro pirata. Sí, en cada ocasión, Carlie le había ofrecido profusas disculpas, y no podía negar que estaba preciosa mientras lo hacía, pero ya estaba harto. Probablemente, no le habría importado tanto si no quisiera vender la casa.



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