– No puedo decir que me entusiasme la perspectiva de ir al vivero a comprar césped y tierra -dijo Kevin-. ¿Qué más tienes?

Daniel volvió a consultar la lista.

– Sellos en la oficina de correos.

– Eso no suena a café cargado. ¿Qué más?

– Masilla y yeso en la ferretería.

– Me estás matando.

– Regalo de cumpleaños para mamá.

– Cielos, lo había olvidado.

– Pues me debes una gorda.

– Eso no me gusta nada. Seguro que terminaré rellenando agujeros abiertos por perros, ¿verdad?

– Me temo que sí.

– Pero su cumpleaños es el día de San Valentín. Eso es dentro de… dos semanas.

– Quiero comprarle el regalo hoy y mandárselo por correo antes de quedar agobiado por la mudanza.

La expresión de Kevin fue de esperanza.

– Como siempre, le compramos chocolate para su cumpleaños, veo algo dulce para comer en mi futuro inmediato. Y donde hay chocolate no puede andar lejos un café -se frotó las manos-. Vamos.

Como no podía estar en desacuerdo con que comprar chocolate sonaba mucho mejor que comprar tierra, guardó la lista en el bolsillo.

– Hoy abre una confitería nueva sobre la que leí en el periódico -fue hacia la esquina y Kevin se unió a él-. Se llama Dulce Pecado y se especializa en chocolates -sonrió. Podía ser difícil sorprender a su madre, pero ese año disponía de una ventaja, o eso esperaba, con el nuevo local. Según el anuncio en el periódico, la tienda prometía una asombrosa variedad de confituras de chocolate.

Al girar en la esquina de Larchmont Street, ver a una figura familiar caminando hacia ellos hizo que aminorara el paso. Luego se detuvo de golpe, como si se hubiera topado con una pared.



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