Seguramente el de la cicatriz no le ha reconocido, puesto que se aparta de él y vuelve a inclinarse sobre el anciano, que se ha quedado mudo; lo coge por los pelos, le sacude la cabeza tres, cuatro veces, hace como si quisiera estrellarla contra la pared más cercana y luego la suelta súbitamente. Aunque brutal, el gesto es contenido, como si el hombre, a la vez que muestra su determinación, dudara de llegar al homicidio. Jayyám escoge ese momento para intervenir de nuevo.

– Deja ya a ese anciano; es un viudo, un enfermo, un demente. ¿No ves que apenas puede mover los labios?


El cabecilla se levanta de un salto, avanza hacía Jayyám y le señala con un dedo hasta tocarle la barba:

– Tú que pareces conocerle tan bien, ¿quién eres? ¡No eres de Samarcanda! ¡Nadie te ha visto jamás en esta ciudad!


Omar separa la mano de su interlocutor con condescendencia pero sin brusquedad, para tenerlo a raya sin darle pretexto para una pelea.


El hombre retrocede un paso, pero insiste:

– ¿Cuál es tu nombre, forastero?


Jayyám duda en identificarse, busca un subterfugio, alza los ojos al cielo, donde una tenue nube acaba de ocultar la luna en cuarto creciente. Un silencio, un suspiro. ¡Olvidarse en la contemplación, nombrar una a una las estrellas, estar lejos, fuera del alcance de las multitudes!


El grupo lo rodea ya, algunas manos le rozan. Jayyám reacciona.

– Soy Omar, hijo de Ibrahim de Nisapur. ¿Y tú quién eres?


Pregunta de pura fórmula, ya que el hombre no tiene ninguna intención de presentarse. Está en su ciudad y es él el inquisidor. Más tarde Omar conocerá su apodo; le llaman el Estudiante de la Cicatriz. Con un garrote en la mano y una cita en la boca, mañana hará temblar a Samarcanda. Por el momento su influencia no se manifiesta más allá de esos jóvenes que lo rodean, atentos a la menor de sus palabras, a la menor señal.



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