En sus ojos, un súbito fulgor. Se vuelve hacia sus acólitos, luego, triunfalmente, hacia la muchedumbre y grita:

– ¡Por Dios! ¿Cómo he podido no reconocer a Omar, hijo de Ibrahim Jayyám de Nisapur? ¡Omar, la estrella de Jorasan, el genio de Persia y de los dos Iraqs, el príncipe de los filósofos!


Remeda una profunda zalema. Agita los dedos a ambos lados de su turbante, granjeándose indefectiblemente las risotadas de los mirones.

– ¿Cómo he podido no reconocer a aquel que ha compuesto esta cuarteta tan llena de piedad y de devoción?:

Acabas de romper mi cántaro de vino, Señor.Me has cerrado el camino del placer, Señor.Has derramado por el suelo mi vino granate.Dios me perdone, ¿estarías borracho, Señor?

Jayyám escucha indignado, inquieto. Tal provocación es un llamamiento al asesinato, en el acto. Sin perder un segundo lanza su respuesta en voz alta y clara, a fin de que nadie entre el gentío se deje engañar.


– Desconocido, es la primera vez que oigo esa cuarteta que sale de tu boca. Pero escucha una que he compuesto realmente:

Nada, no saben nada, no quieren saber nada.Ya ves, esos ignorantes dominan el mundo.Si no eres de los suyos te llaman incrédulo.Ignóralos, Jayyám, sigue tu propio camino.

Sin duda, Omar cometió un error al acompañar su «ya ves» con un gesto de desprecio en dirección a sus adversarios. Unas manos se tienden y le tiran del traje, que comienza a desgarrarse. Se tambalea. Su espalda choca contra una rodilla y luego contra una losa plana. Aplastado bajo la turba no se digna forcejear, está resignado a que destrocen su traje y despedacen su cuerpo, se abandona ya al lánguido embotamiento de la víctima inmolada, no siente nada, no oye nada, está encerrado en si mismo, amurallado, impenetrable.


Y contempla como a intrusos a los diez hombres armados que vienen a interrumpir el sacrificio. Sobre gorros de fieltro ostentan la insignia verde pálido los ahdat, la milicia urbana de Samarcanda. Nada más los agresores se alejan de Jayyám, pero para justificar su conducta empiezan a gritar tomando a la gente por testigo:



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