Él se inclinó y volvió a ser el hombre frío e indiferente de siempre y, tras recuperar su habitual tono zumbón, dijo:

– Os felicito, señorita, por la rapidez con que comenzáis a adaptaros al gran papel que vais a interpretar. -Adaptaos vos también, señor mío -replicó ella volviéndole la espalda.

– ¿Adaptarme a ser polvo vil bajo el altivo pie de la señora marquesa? -preguntó-. Espero que sabré ocupar mi lugar en el futuro.

Esa frase detuvo a Aline. Al volverse de nuevo, André-Louis percibió en sus ojos un brillo sospechoso. Y por un momento la burla del joven se tradujo en arrepentimiento.

– ¡Oh, Dios, he sido un necio, Aline! -exclamó avanzando hacia ella-. Te pido que olvides lo que he dicho.

Al volverse, ella casi tenía la intención de pedirle perdón también. Pero la contrición de él hizo que no fuera necesario.

– Trataré de olvidarlo -dijo ella-, siempre y cuando prometas no ofenderme de nuevo.

– No, no lo haré -contestó él-. Pero yo soy así. Lucharé por salvarte hasta el fin; lucharé contra ti misma si es necesario, me perdones o no.

Así estaban los dos, frente a frente, un poco como retándose, cuando otras personas salieron al porche.

El primero en salir fue el señor marqués de La Tour d'Azyr, conde de Solz, caballero de las Órdenes del Espíritu Santo y de Saint Louis, y general de brigada del ejército del rey. Era un caballero alto, de talante gentil, marcial, y expresión desdeñosa. Iba magníficamente ataviado con casaca de terciopelo morado adornada de oro. Su chaleco, también de terciopelo, tenía el tono dorado del albaricoque. El calzón y sus medias eran de seda negra, y los zapatos de raso tenían tacones de laca roja y hebillas con diamantes. Sus cabellos empolvados se recogían en la nuca con una ancha cinta de seda; debajo del brazo llevaba un tricornio y de su cinto colgaba una espada con empuñadura de oro.



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