
El marqués tomó la mano que la joven le tendía y la llevó a sus labios.
– Señorita -dijo mirando el azul profundo de sus ojos que a su vez le sonreían-. Vuestro señor tío me ha permitido el honor de cortejaros. ¿Queréis hacerme el honor de recibirme mañana? Tengo algo de gran importancia que comunicaros.
– ¿De gran importancia, señor marqués? Casi me asustáis…
Pero el sereno rostro de la joven no denotaba temor alguno. No en balde Aline se había graduado en la versallesca escuela del artificio.
– Nada más lejos de mi intención -dijo él.
– Pero, señor, ¿es un asunto de gran importancia para vos o para mí?
– Espero que para los dos -respondió él, lanzándole una ardiente mirada.
– Despertáis mi curiosidad, señor. Y, por supuesto, como soy una sobrina muy sumisa, me sentiré honrada recibiendo vuestra visita.
– Soy yo quien se sentirá honrado. Que sea mañana a esta hora, pues.
Él volvió a inclinarse y se llevó los dedos de ella hasta sus labios. A su vez, ella hizo una reverencia para romper el hielo. Después, sin otra cosa que esta mera formalidad se separaron.
La joven estaba un poco aturdida ante la innegable belleza de aquel hombre, ante su aire principesco y la seguridad que parecía emanar de su poderío. Casi involuntariamente, lo comparó con el hombre que acababa de criticarla -el delgado e imprudente André-Louis, con su casaca pardusca y aquellos zapatos sencillos con hebillas de acero- y se sintió culpable de una imperdonable ofensa por haberle permitido que criticara al marqués. Al día siguiente el señor de La Tour d'Azyr se presentaría ante ella para ofrecerle una gran posición, un encumbrado título. Y ella ya había menoscabado la dignidad de aquel título prestándose a oír palabras insolentes. Nunca más volvería a tolerarlo; no cometería otra vez la puerilidad de permitirle a André-Louis que se expresara en términos denigrantes al hablar de un hombre en comparación con el cual no era más que un lacayo.
