
Y aquellos tiempos no se prestaban para tomar medidas a medias. Una débil esperanza había asomado en el horizonte cuando el señor Necker logró convencer al rey de que debía convocar los Estados Generales -lo que no ocurría desde hacía casi doscientos años-; pero esa luz se había ensombrecido últimamente a causa de la insolencia de la nobleza y del clero, pues ambos estamentos estaban decididos a asegurar que la composición de la Asamblea General salvaguardara sus privilegios.
La próspera e industriosa ciudad portuaria de Nantes -la primera en expresar el sentir que ahora se extendía rápidamente por todo el país-, publicó en los primeros días de noviembre de 1788 un manifiesto que obligó a la municipalidad a presentar ante el rey. El documento manifestaba su rechazo a que los Estados de Bretaña, a punto de reunirse en Rennes, fueran, como en el pasado, un mero instrumento en manos de la nobleza y del clero. También pedía para el Tercer Estado el derecho a votar los impuestos. Para poner fin a la amarga anomalía que suponía el hecho de que el poder estuviera en manos de aquellos que no pagaban impuestos, el manifiesto exigía que el Tercer Estado estuviera representado a razón de un diputado por cada diez mil habitantes, que éste saliera estrictamente de la clase que representaba, y que no fuera un noble, ni delegado, ni senescal, ni procurador ni intendente de un aristócrata; que la delegación del Tercer Estado
Este manifiesto, que contenía otras peticiones secundarias, permitía vislumbrar a los elegantes y frívolos caballeros que paseaban ociosamente por el CEil de Boeuf de Versalles algunos de los desconcertantes cambios que el señor Necker se disponía a desencadenar.
