Philippe de Vilmorin se dejó caer en una butaca, al lado de la chimenea, donde ardían varios troncos de pino. Mientras aguardaba le comentaba a su amigo los últimos acontecimientos que habían tenido lugar en Rennes. Joven, ardiente, entusiasta e inspirado en los utópicos ideales, denunciaba apasionadamente la rebelde actitud de los privilegiados.

A André-Louis, que estaba al tanto de los sentimientos de una clase a la que -como representante de un noble- casi pertenecía, no le sorprendieron las noticias de su amigo. Philippe de Vilmorin se exasperó al ver que su amigo aparentemente no participaba de su indignación.

– ¿Pero es que no lo entiendes? -exclamó-. Los nobles, desobedeciendo al rey, socavan los cimientos del trono. No advierten que su existencia depende de ese trono, que si se derrumba, ellos serán los primeros en caer. ¿Es que no lo ven?

– Evidentemente no. Son las clases gobernantes, y nunca se ha visto que esas clases tengan ojos para otra cosa que no sea su propio beneficio.

– Pues de eso nos quejamos. Eso es lo que queremos cambiar.

– ¿Queréis abolir las clases gobernantes? Es un experimento interesante. Creo que ése fue el plan original de la creación, pero fracasó por culpa de Caín.

– Lo que vamos a hacer -replicó Vilmorin reprimiendo su furia- es poner el gobierno en otras manos.

– ¿Y crees que con eso va a cambiar algo?

– Estoy seguro.

– ¡Ah! Probablemente estudiando teología has llegado a hacerte dueño de la confianza del Todopoderoso. Sin duda Él te habrá confiado su intención de hacer un nuevo género humano.

El ascético rostro de Vilmorin se cubrió con una nube de reproche:

– Blasfemas, André -censuró a su amigo.

– Te juro que hablo absolutamente en serio. Para lograr lo que quieres, necesitarás nada menos que la intervención divina. Habría que cambiar al hombre, no al sistema.



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