¿Podrías tú o nuestros fanfarrones amigos del Casino Literario de Rennes, podrían los de ninguna sociedad cultural de Francia, esbozar un sistema de gobierno que aún no se haya probado? Seguro que no. ¿Puede acaso mencionarse algún sistema, que no haya acabado en el fracaso? Mi querido Philippe, el futuro sólo puede leerse con certeza en el pasado. Ab actu ad posse valet consecutio. El hombre nunca cambiará. Siempre será avaro, codicioso, vil. Hablo del hombre en sentido general.

– ¿Pretendes decir que no puede mejorarse la suerte del pueblo? -le desafió Vilmorin.

– Al decir pueblo, te refieres, naturalmente, al populacho. ¿Lo abolirás? Ése sería el único modo de mejorar su suerte, pues mientras exista el populacho, estará condenado a la miseria.

– Por supuesto, hablas a favor de los que te dan de comer. Supongo que es natural -afirmó Vilmorin entre triste e indignado.

– Al contrario, trato de hablar con absoluta imparcialidad. Volvamos a esas ideas tuyas. ¿A qué forma de gobierno aspiras? Por lo que dices, infiero que te refieres a una república. Bien, pues ya la tienes. En realidad, Francia es hoy una república.

Philippe le contempló de hito en hito.

– Lo que dices es paradójico. ¿Dónde dejas al rey?

– ¿El rey? Todo el mundo sabe que en Francia no hay rey desde los tiempos de Luis XIV. En Versalles hay un obeso caballero que lleva la corona, pero las mismas noticias que me traes demuestran lo poco que cuenta. Son los nobles y el clero los que ocupan las más elevadas posiciones, con el pueblo de Francia a sus pies. Ellos son los verdaderos gobernantes. Por eso digo que Francia es una república hecha de acuerdo con el mejor patrón: el de Roma. Entonces, como ahora, las grandes familias patricias vivían en el lujo, reservándose el poder y la riqueza y cuanto valía la pena poseer. Y el populacho, aplastado por los poderosos, gemía, sudaba, se moría de hambre y perecía en las covachas romanas. Y eso era una república, la más opulenta que ha existido.



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