
– Maeve lo sabrá -murmuró mientras le dibujaba un mapa del camino que debía seguir para llegar a casa de Maeve.
La había encontrado justo donde le había indicado el dependiente. Era una casa de campo próxima a la carretera, con un rosal en arco encima de la entrada. Keely pensó que la casa debía de llevar muchos años en aquel preciso lugar. Un jardín lleno de flores silvestres se extendía por delante, cubriendo casi por completo el camino de adoquines que conducía hasta la puerta. ¿Habría vivido allí su madre?, ¿habría cortado las flores de aquel jardín? ¿O se había pasado de largo la casa de su padre? ¿Estaría quizá en la colina siguiente?
Keely permaneció dentro del coche, imaginándose a su madre de niña: corriendo por el césped, con una diadema de margaritas en la cabeza, persiguiendo mariposas por la carretera. Exhaló un suspiro y salió del coche, ansiosa por echar un vistazo más de cerca.
Mientras se acercaba al muro de piedra que rodeaba la casa, se abrió la puerta de entrada. Keely vaciló. Por fin, decidió explicar quién era, con la esperanza de que Maeve Quinn le diera alguna noticia de su familia.
Era una anciana esbelta, de pelo canoso, con un vestido de flores colorido. Sacó una mano, como comprobando que llovía, y la saludó:
– Pasa, cariño -le dijo, invitándola a entrar-. Jimmy me ha llamado del mercado y me ha dicho que venías. Estoy deseando conocerte.
Keely traspasó el arco de rosas, animada por el cálido recibimiento.
