Ya no era una ciudadana estadounidense o neoyorquina nada más. Esa tierra formaba parte de su legado, corría por sus venas, lo sentía con cada latido del corazón. Keely sonrió mientras abría la puerta. Aunque no se acostumbraba a conducir por el lado contrario de la carretera, empezaba a desenvolverse callejeando por los senderos y las calles estrechas que comunicaban unos pueblos con otros. Se sentía casi como en casa.

Empezó a chispear y Keely se resguardó en el coche. Dio la vuelta con cuidado y enfiló de vuelta hacia el sendero, ansiosa por llegar al pueblecito que había señalado en el mapa. Ballykirk estaba a solo unos pocos kilómetros de distancia, suficientes para ir poniéndose nerviosa a medida que se acercaba. No le había contado a su madre su decisión de ir a Irlanda, al condado de Cork. Sabía que habría tratado de disuadirla. Pero su madre nunca le había explicado a qué se debía aquel desapego y Keely no había podido resistirse a aquella corazonada. Además, hacía mucho que no se dedicaba a complacer a su madre. No vestía ni se comportaba como era debido. Y tampoco estaba viajando debidamente.

– El pasado, pasado está -habría dicho Fiona.

Con los años, Keely había querido saber más cosas sobre el pasado de sus padres. Y cuanto más preguntaba, más se había negado su madre a hablar sobre su padre, Irlanda o familiares a los que Keely no había llegado a conocer. Pero Keely recordaba un dato:

Ballykirk, el lugar donde su madre había nacido, un pueblito situado en la costa sudoeste, cerca de la bahía de Bantry.

– Lo descubriré por mi cuenta -Keely buscó en la carretera las indicaciones que había apuntado en un mapa dibujado a mano.



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